LEVIATÁN. Mas allá de la polémica, un grandísimo Film ruso de Andrei Zvyagintsev

LEVIATÁN. Film ruso de Andrei Zvyagintsev, realizado en 2014. (Texto de A. Cirerol) leviatan Un pueblo del norte ruso, a orillas del mar de Barents. La casa familiar, cálida y luminosa, donde vive con su joven esposa Lilya y su hijo adolescente Roma, llena de sentido la vida de Kolya, que trabaja en su pequeño taller contiguo a la casa. Sin embargo, este terreno es codiciado con fines especulativos por el corrupto alcalde del pueblo, que mantiene un litigio con Kolya para apropiárselo. La película se centra en la lucha del protagonista por conservar su hogar y el paisaje donde ha nacido contra las insidiosas maniobras del alcalde, que dispone para conseguir sus propósitos de la complicidad del poder religioso, judicial y policial del lugar. Finalmente, la coacción ejercida por esta representación terrenal del Leviatán hundirá al protagonista en el más completo de los infortunios. El individuo sucumbe ante la supremacía de las instituciones creadas por el hombre para someter al hombre. UN TIEMPO ELÍPTICO La última película de Andrei Zvyagintsev es un drama (o más bien, una tragedia) social intensamente realista y una alegoría sobre la Rusia actual. Un estilo duro, seco, áspero, como la implacable naturaleza que rodea a los personajes. Una objetividad anti romántica. Una poética en las antípodas de los modos narrativos colonizados por las fórmulas del cine americano basadas en la evidencia, la uniformidad, la identificación. La narración avanza puntuada por el uso estilístico de la elipsis en los momentos más relevantes. Tres son los principales. El descubrimiento de la infidelidad de Lilya en el picnic que organizan Kolya y sus amigos. La evidencia de la superchería de Dimitri, el abogado amigo de Kolya, cuando, sin transición, pasa de intimidar al todopoderoso gobernador de la ciudad a ser apaleado por los secuaces de éste. El suicidio de Lilya. El compromiso ético y estético de Zvyagintsev implica al espectador, que –sacudiéndose de encima los procedimientos cinematográficos estandarizados- ha de enfrentar una forma narrativa que le exige atención y reflexión. Una estructura que –contrariamente a lo que es habitual en el cine americano y sus imitadores globales- le impide identificarse con los personajes. Así ocurre con el protagonista del film, Kolya, el “hombre común” enfrentado al poder, que, contrariamente al héroe tradicional con el que es fácil establecer una simpatía afectiva, se comporta realmente como un hombre común, en el que prevalecen la inmediatez, la tosquedad, las pasiones primarias. Un hombre, en fin, “demasiado humano”. PAISAJE DE FONDO Para desvelar la malla que rige las relaciones de poder en la Rusia de hoy, Zvyagintsev profundiza en el cerrado mundo de una pequeña ciudad de provincias, en la que –como en los microcosmos representados por los novelescos territorios imaginados por Faulkner en Yoknapathawpha o por Onetti en Santa María- se concentran y visibilizan sus lacras. El abyecto y despiadado engranaje del poder político, religioso y judicial actuando conjuntamente para proteger sus intereses de clase se hace ostensible a través del alcalde, el pope, los jueces y la policía, que articulan una conexión tan inexpugnable como demoledora. De dónde ha surgido ese paisaje social, cruel e inhumano; esos personajes desalmados, rapaces, todopoderosos. Es la secuela del pasado inmediato, el catastrófico escenario del hundimiento del sistema social precedente, cuando la destrucción de la economía rusa, el desmantelamiento del aparato industrial estatal y de todo el sistema público, las reformas privatizadoras de un capitalismo de choque, provocaron una debacle social. El hundimiento y desaparición de la URSS (su “democratización”, según Occidente) en 1991, tuvo como consecuencia un auténtico desastre demográfico. Tras una investigación de varios años, un estudio de la Universidad de Oxford publicado en 2009 por la revista médica Lancet, desvela que en la década de los 90 se incrementó la mortalidad un 13% en la Federación Rusa, debido al desempleo y el colapso del sistema sanitario. El resultado, un millón de muertos. Según datos del Departamento Central de Estadística de la Federación Rusa, la cifra ascendería a 1’6 millones. Estas cifras se corresponden con las de una guerra a gran escala. Y hay que tener en cuenta, por otra parte, que Rusia representa sólo la mitad de la población que componía las 15 repúblicas ex soviéticas. La natalidad cayó un 50%, se duplicó el número de niños abandonados, se extendió la pobreza (uno de cada tres niños), se incrementó el alcoholismo, reapareció el analfabetismo. Como curiosidad: el número de películas producidas pasa de 170 de media en los años 80 a 25 en el 2000; la media de asistencia al teatro, de 70 a 75 millones de espectadores a todo lo largo de las décadas de los 70 y 80, a menos de 30 en los 90. Tal es el paisaje de fondo que, de forma elíptica, subyace tras la película de Zvyagintsev. Y la fauna humana que lo puebla: esa nueva clase dominante de acaudalados sin escrúpulos, constituida en buena parte por los ex jerarcas estatales y provinciales del ex Partido Comunista, que demolieron el Estado social e impusieron el capitalismo, y que ocuparon las posiciones de salida para hacerse con el pastel. A su lado, el nuevo poder espiritual, omnímodo: la Iglesia Ortodoxa. Del otro, los desheredados, el pueblo inerme. EN LAS HELADAS AGUAS DEL CÁLCULO EGOÍSTA El realizador compone una intensa red de correspondencias entre los personajes. El antagonismo entre Kolya y el alcalde mafioso se condensa en una de las más destacadas escenas del film, cuando ambos se enfrentan tras el juicio fallado a favor del político corrupto. Zvyagintsev no recurre al fácil y confortable procedimiento de adornar al héroe con atributos virtuosos para distinguirlo de su inicuo oponente. Uno y otro están borrachos y se muestran desde una perspectiva grotesca que dificulta la identificación sentimental y moral con el protagonista, pues éste, además de empinar el codo, se muestra también violento e irreflexivo, imperfecto como un “hombre común”. Las escenas de los juicios, donde las sentencias son dictadas con impasible celeridad, sin el menor asomo de humanidad, nos producen una sensación de desasosiego moral, al constatar qué poco cuenta el hombre común frente a la fría razón de la maquinaria burocrática. La relación de complicidad y conchabanza entre el alcalde y la máxima autoridad religiosa de la ciudad aparece diáfanamente representada. En una de sus entrevistas, le advierte el pope: “estamos en el mismo barco, sólo que cumpliendo misiones distintas”. La memorable escena final, en la que el pope, ante sus endomingados feligreses, los inmorales representantes de la nueva clase dominante y la plebe beata e ignara, pronuncia su cínico sermón sobre la Verdad, cierra el círculo del Leviatán, entrelazando el poder político con el religioso. Los Coppola, Scorsese, Coen o Tarantino nunca serán capaces de filmar con tan acerada clarividencia política esa santa alianza. DISOLUCIONES La configuración de los personajes y sus interrelaciones aparecen tamizadas por zonas oscuras, que nos inducen a plantearnos su auténtica naturaleza. Así, el vínculo entre Kolya y Lilya, su mujer. Hay una silenciada disociación entre ambos, que ellos eluden abordar. La rusticidad afectiva del hombre, espontánea y simple (quiere a su mujer, pero no la ve, como si se tratase de un objeto apreciado y necesario pero hace tiempo abandonado), encuentra en ella un poso de insatisfacción, la frustrada aspiración a una vida en la que pueda sentirse reconocida, amada y valorada como persona, más que por sus atributos de ama de casa. “Te quiero”, se justifica él, creyendo que con eso (quererla para sí) basta. “Ya lo sé”, responde ella casi afligida, ajena a todo sentimiento amoroso: sólo piedad y una agotada ternura puede ya sentir por él. Por un momento le anima la ilusión de reencontrar el amor en Dimitri, el mejor amigo de Kolya, al que hemos visto investido de unas cualidades de las que éste carece. Dimitri es su contrario: el hombre cultivado y refinado de la capital, apuesto, competente, amable, comprensivo; cómo no suscitar, pues, el enamoramiento de Lilya. Pero al final esa envoltura es poco más que apariencia y Dimitri abandona la escena. La soledad de Lilya es entonces completa. Su amargura y su desamparo se ven incrementados por la actitud de Roma, el hijo adolescente de Kolya y su primera mujer, que la tortura y humilla con su rencoroso desprecio acusador. “¡Échala de casa!”, le ruega a su padre. Él es un joven herido y perdido, ofuscado, lleno de una ira estéril. Huérfano de toda esperanza en esa nueva Rusia insensible y vana, como los jóvenes sin destino de su anterior película, “Elena”. Finalmente, cuando ese sentimiento de inexorable orfandad se abate sobre él de una forma brutal, asistimos a una escena sobrecogedora. La relación entre los dos amigos, Kolya y Dimitri, es peculiar. Uno es trabajador manual, mecánico; rudo, directo, franco, leal, tan impetuoso como ingenuo. El otro es abogado, un típico ejemplar urbano; aunque aparentemente afable y bienintencionado carece de la cordial naturalidad de su amigo, como si su propia profesión le hubiese revestido de una capa de disimulo y doblez. Al final descubriremos que en realidad no es más que un pobre diablo. Pese a la camaradería viril, a las borracheras, a las evocaciones de una añeja hermandad, comprendemos que, en realidad, los dos amigos ya no tienen nada que decirse, ya nada les une. ¿De dónde procede esa extraña amistad? Sólo una pista: una vieja fotografía, quizá de la mili, ¿Afganistán?, en la que aparecen juntos, jóvenes e ilusionados ante un porvenir exultante e incierto. Y sobre el espacio de la casa y de los sentimientos pesa la sombra intangible de la ausente, la primera mujer de Kolya. NATURALEZA MUERTA ¿Cuál es el sentido del film? A partir del simbolismo del Leviatán hobbesiano: el hombre es el lobo del hombre, las estructuras orgánicas de poder creadas por el hombre ahogan la voluntad humana; su más impresionante representación: la secuencia en que la máquina excavadora, cual terrible y devastadora bestia infernal, fiel encarnación del Leviatán, derruye la casa de Kolya, el único refugio de calidez y afectividad de la película. Antes, como si se tratase de un Job redivivo, han caído sobre el protagonista todas las adversidades concebibles, aunque para ello se haya violentado en alguna medida la verosimilitud de los hechos. El propósito de Zvyantgisev, decidido a ofrecernos una visión radicalmente pesimista de la situación y el destino de su país, va, sin embargo, más lejos. El mal de Rusia, viene a decirnos, es endémico, no tiene solución. El presente es execrable, pero desdeña, al tiempo, refugiarse en la nostalgia de un pasado mejor. La estatua de Lenin que preside aún la plaza del pueblo es un objeto olvidado, sin historia, tan carente de sentido como una piedra en el camino. La evocación del socialismo sólo concita la posibilidad de que los retratos de sus antiguos dirigentes sirvan de blanco a los ebrios excursionistas, cuando ya no hay más botellas vacías de vodka a mano. El vodka resume la historia rusa, pues es lo único que ayuda a olvidarla. Las barcas hundidas, el esqueleto de la ballena: un país en ruinas, devastado, desolado. El destino de Rusia, sostiene Zvyagintsev, es inmutable como las rocas ante los embates de las olas. El tiempo proseguirá su labor de demolición. POST DATA La prensa (El País, 21-1-2014) informa de la airada acogida que ha tenido el film en Rusia por parte de las fuerzas vivas. El ministro de Cultura ruso (Vladímir Medinski) ha criticado en Izvestia que en la película no haya ni un solo héroe positivo y que sus personajes no son verdaderos rusos. Activistas ortodoxos han pedido a Medinski que la película sea prohibida. Diputados, sacerdotes e intelectuales de Samara, la ciudad donde trabaja como director teatral Valeri Grishkó (quien hace el papel de pope en el film), exigen a la responsable de cultura de la ciudad que le despida de su cargo por haber deshonrado con su interpretación a la Iglesia Ortodoxa. La alcaldesa de la ciudad donde se rodó, lamenta haber concedido los permisos para el rodaje y se avergüenza públicamente de la película. Serguéi Markov, del partido gobernante Rusia Unida, opina que se debería retirar el film y que su director debería pedir perdón de rodillas en la Plaza Roja. Ziugánov, líder, ay, del Partido Comunista de la Federación Rusa, acusa a “Leviatán” de antinacional. Etc.

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