CONFUSIÓN ENTRE TÉCNICA Y FORMA CINEMATOGRAFICA. CONTRA LA CINEFILIA

Por A. Cirerol

“Es una idea muy importante y fecunda la intención de separar claramente la forma de la técnica. El mayor defecto teórico de la crítica cinematográfica consiste realmente en aquella mezcolanza de las dos cosas” (G. Lukács)

“La literatura cinematográfica permanece con demasiada frecuencia enteramente aislada de la realidad. Este aislamiento es fuente de muchos errores y limitaciones que caracterizan la mayor parte de la crítica y de los ensayos cinematográficos, como, por ejemplo, el error de juzgar una película exclusivamente desde un punto de vista cinematográfico” (G. Aristarco)

 

Partimos del hecho constatable de que la crítica cinematográfica es sin excepción (aun aquella aparentemente más profunda, la que se expresa en libros) de carácter infantil y mitómano, al igual que buena parte de la práctica cinematográfica, y no se rige por criterios artísticos y culturales amplios como hace el resto de las disciplinas artísticas, sino que es estrictamente endógena y autorreferencial, lo que da lugar al fenómeno grotesco de la cinefilia, una pasión inútil y masturbatoria, pulsión inexistente en los demás ámbitos artísticos. Es la fascinación por la técnica, entendida no como el instrumento original y necesario que hay que dominar para producir una obra, sino la que solamente cabe imaginar como proveniente del específico ámbito receptivo -la sala oscura- y de las características del medio -la imagen en movimiento- y de la sugerencia que se desprende de ello: la inmersión o ensoñación del receptor en el mundo creado en la pantalla, un perderse en ella. Es, pues, ese embobamiento (culto, devoción) por los elementos específicos del discurso, despojados de significado. Es decir, llegar al éxtasis con un movimiento de cámara, un primer plano o un plano secuencia, etc. (si no es, incluso, con la seducción que emana del rostro de los actores). Esto es la cinefilia, tan pobre culturalmente, que se resume a la perfección con esa frase -idiota- del Godard joven: “(hacer) un travelling es una cuestión de moral”, o también: “La fotografía es la verdad. Y el cine es la verdad 24 veces por segundo”. Se trata, por tanto, no sólo de la confusión entre técnica y forma, sino de poner aquélla por encima de ésta, y de reducir el significado (el sentido de la obra) a una necesidad impuesta de orden secundario. Todo ello ha hecho estragos en los “autores” desde que esa fórmula irracional de recepción de la obra cinematográfica se impuso mundialmente. De tal manera que el cine americano, que hasta los años 60 era considerado poco más que un tebeo, es hoy EL CINE. Y, en consecuencia, han desaparecido del mapa desde hace mucho los grandes realizadores de cultura ecuménica como Visconti, Bergman, Antonioni, Dreyer y un largo, largo etc. Hoy se trata de mitómanos educados exclusivamente en la cultura de la imagen y cuyo único polo referencial es, pues, el cine mismo. (Aunque no todo. Educados también en el generalizado desconocimiento/desestimación de los clásicos no han visto en su vida una película de los grandes del pasado, los mencionados antes incluidos, a no ser que sean del cine americano: Hitchcock, Ford, Hawks…).

Así que yo creo que hacer cine debe de ser la cosa más fácil del mundo, o casi. Y no se explica uno por qué las películas son tan malas. Te escriben el guion, hay un señor que maneja la cámara, otros que actúan, quien te dice por qué plano vamos, otro que pone la música, otro que monta todo lo rodado, y una empresa que pone la pasta. El que dirige sólo ha de decir: ahora tú haces como que la besas y tú (a ella) como que te gusta (o no), acción, repetimos la escena, etc. Y luego vas y pones aquello de: un film de… Compáralo con el poeta, el dramaturgo o el filósofo, con el músico o el pintor. Con el conductor de autobús o el panadero. No hay color. Quién no quiere ser director de cine.