EL NUEVO CÓDIGO HAYS DE HOLLYWOOD

EL NUEVO CÓDIGO HAYS DE HOLLYWOOD (*)

(Por A. Cirerol)

La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas (así llaman, no es broma, en la meca de la industria del cine, al consorcio que se dedica a premiar con unos monigotes dorados a las mejores mercancías fílmicas del año) ha hecho públicas las medidas de “promoción de la igualdad” adoptadas para poder optar, a partir de ahora, a los famosos Óscar, que, como sabemos, son el principal incentivo que inspira la producción de películas a ambas orillas del océano.  

Tales requisitos (o sea, condiciones necesarias) para favorecer e impulsar la “inclusión” se refieren tanto a los contenidos como a la producción de los filmes y se concretan (entre otras) a las siguientes pautas:

*Solo podrán ser seleccionadas -para los Óscar- las películas que contengan, como mínimo, un personaje principal perteneciente a una minoría étnica o racial.

*La historia principal o el tema deben centrarse en un “grupo social” con baja representación.

*Al menos un 30% de los papeles deben pertenecer a dos “grupos” con escasa representación.

*El 30% del equipo de producción debe formar parte de (lo apuntado anteriormente).

*Un número clave (¿?) del “equipo de creación”, ídem.

Se establece que los llamados “grupos con poca representación” deben ser: mujeres, minorías raciales o étnicas, personas LGTBIQ+ y personas sordas o con discapacidad física o cognitiva.

Los requisitos anunciados de inmediata aplicación al campo cinematográfico constituyen un nuevo Código Hays dictado para el nuevo milenio por el puritanismo progre, que toma las riendas de la industria cultural, con el objeto de revisar y reescribir y tergiversar la historia desde el enfoque de la (“su”) corrección política. Contribuirá, eso sí (como ya hizo el Código que le precedió), a estimular la “creatividad” de guionistas y directores para poder cumplir los mandamientos del nuevo reglamento en cada película y serie televisiva (y equipos de trabajo), en la que tendrán que meter con calzador los porcentajes preceptuados, esto es: la imperativa “temática inclusiva” y la obligada presencia en los papeles principales o relevantes de miembros de los “grupos históricamente poco representados”. 

Lo más que alcanzará es un cambio en la percepción y asunción de los comportamientos representados, pero nunca actuará como una “herramienta de transformación social”, ya que tales “reajustes” no perturban lo más mínimo la esencia del sistema económico y social (capitalista), ni tampoco de su superestructura político-ideológica, ya que sólo se trata de cambios formales. Eso es algo que puede constatarse sólo con repasar los requerimientos del Código al que deberán someterse los/as guionistas y directores, si aspiran a participar en la rifa anual de los Óscar (o sea, prácticamente todos, incluidos los del resto de países, ya que este modelo censor también les afectará de manera indirecta, pero efectiva y, por lo tanto, se extenderá -ya lo hace- urbi et orbi). Dichas imposiciones, encaminadas a “ampliar la diversidad”, se circunscriben exclusivamente al ámbito de los llamados “derechos civiles”, que constituyen la forma hegemónica del multiculturalismo despolitizado sobre el que, como nos advierte Zizek, se asienta la ideología del actual capitalismo global.  

El cine de Hollywood (y lo mismo el “indie”, o “independiente off Hollywood”, que también pugna por los Óscar), bajo su nuevo barnizado inclusivo de pluralidad de voces y visibilización de minorías, no cambiará sus argumentos fundacionales: culto al individualismo, manipulación de las emociones, visión sublimada o tergiversada de la realidad (humanismo sin clases), falsificación histórica, “apelación a” o “exaltación de” la violencia. El nuevo naturalismo que ha sustituido a la “ingenuidad e inverosimilitud de los filmes clásicos” sigue rehuyendo la realidad. Tanto más cuanto mayor “corrección política” pretende integrar. Cuando finge referirse a ella (a la realidad) se trata de “filmes sicológicos sobre una tela de fondo social o filmes sociales rebajados a intrigas sicológicas, ilustra, en todos los casos, la resolución individual de problemas colectivos” (Guy Hennebelle: “Los cines nacionales contra el imperialismo de Hollywood”). Con o sin políticas inclusivas.  

Por eso es inútil buscar en el nuevo Código Hays de la corrección política en el Hollywood del siglo XXI ninguna llamada a la presencia o “visibilización” en “papeles protagónicos o relevantes” de la clase obrera (incluidos la mujer trabajadora, o trabajadores negros, representantes LGTBI+, sordos o personas en situación de discapacidad) o de los “grupos infrarrepresentados” de parados y pobres (incluidas  las mujeres, los negros, representantes LGTBI+, sordos y discapacitados físicos o síquicos), o, en sus “temáticas”, referencias directas a la explotación laboral, la pobreza en EEUU, la situación de las minorías inmigrantes, las guerras imperialistas, la injerencia política o cultural en otros países, es decir la representación, en este caso políticamente incorrecta, de la realidad del país.

De esto la “izquierda we can”, que se admira con tanta facilidad de los productos culturales del Imperio y que ha acogido con entusiasmo las medidas correctoras como si de una revolución se tratase, prefiere no enterarse.

(*) En Wikipedia nos informan de que: “El código Hays fue un código de producción cinematográfico que determinaba, en las producciones estadounidenses, con una serie de reglas restrictivas, qué se podía ver en pantalla y qué no. Creado por la asociación de productores cinematográficos de Estados Unidos (MPAA) describía lo que era considerado moralmente aceptable. Fue escrito por uno de los líderes del Partido Republicano de la época, William H. Hays, uno de los principales miembros del MPAA, y se hizo popular bajo su apellido. Principios generales: No se autorizará ningún film que pueda rebajar el nivel moral de los espectadores. Nunca se conducirá al espectador a tomar partido por el crimen, el mal, el pecado. Los géneros de vida descritos en la película serán correctos, teniendo en cuenta las exigencias particulares del drama y del espectáculo. La ley, natural o humana, no será ridiculizada y la simpatía del auditorio no irá hacia aquellos que la violentan. Ver: Código Hays