CUANDO SE INSTITUYÓ QUE EL DIRECTOR ES LA ESTRELLA
(Por A. C.)
¿QUÉ SENTIDO TIENE HACER UNA PELÍCULA SOBRE EL RODAJE DE UNA PELÍCULA?
Su director, Richard Linklater, lo explica así: “Creo que cualquier director con experiencia en el cine debería, en algún momento de su carrera, hacer una película sobre hacer una película. Cuando desapareció Jean-Luc Godard pensé: Es hora de hacer esa película, el retrato de ese movimiento único, el nacimiento de la Nouvelle Vague, como una carta de amor dirigida a quienes me hicieron querer hacer películas. La Nouvelle Vague cambió mi vida… Cuando vi “À bout de souffle” pensé: Entonces, ¿es posible?… Esa libertad me fascinaba. Sentí que era genial y que había algo alegre en este cine, algo revolucionario”.
Al respecto, hay que señalar que se han hecho otras películas sobre rodajes de películas, las más conocidas “Ocho y medio” de Fellini en 1963 y “La noche americana” de Truffaut en 1973. La diferencia de estas con “Nouvelle Vague” es que se trata de filmes enteramente de ficción cuyo argumento se basa en el rodaje de un filme imaginario, ya sea planteado desde un punto de vista propio de la comedia o para mostrar la crisis creativa de un director. El de Linklater pretende recrear con intención verídica y fidedigna la filmación de una película históricamente real: “À bout de souffle” (o sea, ‘sin aliento’ o, más bien, ‘echando el bofe’, que aquí se tituló “Al final de la escapada”), realizada en 1959 por Jean-Luc Godard. Por eso, el director, que es norteamericano, la rodó en francés (comme il faut). Y como él mismo afirma en las líneas precedentes con ánimo conmemorativo, en celebración de un movimiento o un fenómeno (la Nouvelle Vague) que influyó radicalmente y sirvió como modelo a las nuevas generaciones de realizadores a nivel internacional, y de la obra (“À bout de souffle”) que, según opinión bastante extendida, marcó definitivamente el salto del cine a la modernidad.
LA CÁMARA ESTILOGRÁFICA, LA POLÍTICA DE LOS AUTORES, EL CULTO A LA PERSONALIDAD
Sin embargo, la Nouvelle Vague no fue nunca, a diferencia del Neorrealismo italiano, un movimiento homogéneo, articulado, con ideas artísticas, sociales o políticas compartidas. Bajo esta denominación se engloba a un grupo de jóvenes realizadores franceses, “la generación de la cinefilia”, que rondaban los treinta años, que entre 1958 y 1959 realizaron su primer largometraje. Lo que tenían en común es que no eran profesionales, es decir, que accedían a la carrera cinematográfica sin haber aprendido el oficio como ayudantes de dirección o en escuelas de cine, sino que la mayoría de ellos provenía directamente de la crítica cinematográfica, en especial de la revista Cahiers du Cinéma. Como mucho, les animaba una voluntad de renovación artística del cine francés, que consideraban anquilosado y falso (lo que desdeñosamente calificaban como “cinéma de qualité”), y la perspectiva de liberalizar los márgenes que la censura de la época permitía decir o mostrar.
La supuesta revolución de la “nueva ola” fue exclusivamente visual, formal. Ideológicamente, su posicionamiento, desprovisto de una visión social y política coherente, era el propio de un anarquismo de derecha. Los conceptos que aportaron de nuevo la teoría y la praxis de la nueva ola francesa, exportados de facto a nivel global y que, de forma acrítica, permanecen indiscutidos aún en la actualidad, fueron, sobre todo, dos. La difusión de una nueva manera de relación de la crítica y del espectador con el cine: la cinefilia, y la instauración del director como figura central del arte cinematográfico. A partir de entonces, en un ámbito, el de la realización de películas, basado en la elaboración colectiva (ya que en su ejecución intervienen, además del director, numerosos especialistas: guionista, director de fotografía, de sonido, montador, escenógrafo, compositor musical y docenas y docenas de ayudantes, todo bajo la supervisión del productor, que es quien pone la pasta, los contrata a todos y exige que el resultado se ajuste a sus intereses pecuniarios), se dictamina categóricamente que “el director es la estrella”. De este modo, una película ya no está “dirigida por”, sino que es “un filme de”, y el director asciende a la categoría de “autor”, a imitación de lo que ocurre con los novelistas, cuya actividad artística se desarrolla, por el contrario, en estricta soledad. Con su característico estilo provocador, arbitrario y maximalista de ejercer la crítica cinematográfica así lo proclamó el Truffaut juvenil: “¡No hay obras, sólo autores!”. Este fue el grito de guerra de Cahiers y, con arreglo a este principio, se estableció un nuevo criterio de valoración crítica que se denominó “política (o teoría) de los autores”, que determinaba la importancia de un director a través de su “personalidad”, supuestamente basada en un “estilo visual” propio, que, se suponía, era reflejo de su “visión moral” del mundo. A quienes alcanzan esta altura expresiva (¿a pesar de las imposiciones de la compañía productora?) se les denomina “autores”, el resto son considerados meros artesanos. Desde esta veleidosa y superficial perspectiva resulta evidente que, carente de una fundamentación estética (y ética) objetivable, o sea, de un método histórico-sistemático de análisis, la condición o no de “autor” depende por entero de la subjetividad del crítico y resulta tan inconsistente como arbitraria. Tanto más absurda cuanto que en la producción de un filme el director debe someterse al imperativo del beneficio comercial, que es la primordial ambición de la industria del cine, y no actuar al dictado de su “libertad de creación”.
La nueva doctrina forjada en las mesas de redacción de “Cahiers” “se convirtió pronto en el más formidable instrumento de rehabilitación de los directores comerciales del cine norteamericano. Antes del ‘auterismo’ el cine de Hollywood era considerado simplemente como cine-mercancía sin ningún interés artístico y dentro del cual los pocos directores que podían realmente considerarse autores (como Orson Welles, Charles Chaplin o Erich von Stroheim) sólo encontraban dificultades para realizar su obra. La gran novedad -el escándalo- del “auterismo” fue que empezó a reivindicar como verdaderos autores a una serie de directores que habían florecido dentro del sistema hollywoodiense haciendo todas las concesiones que había que hacer” (“El nuevo cine americano”, de Antonio Weinrichter. Ed. Zero).
TODO LO QUE HACE FALTA SABER PARA DIRIGIR UNA PELÍCULA SE APRENDE EN CUATRO HORAS (CLAUDE CHABROL)
Dice Richard Linklater que su obra es una carta de amor al acontecimiento cinematográfico que da título a su película. Y, en efecto, esto es justamente “Nouvelle Vague”. La obra de un cinéfilo hecha para cinéfilos.
Antes de nada, hay que señalar, sin embargo, que, pese a su declarada cinefilia (que es una modalidad mundialmente extendida de mitomanía, esto es, “la tendencia a mitificar o a admirar exageradamente a personas o cosas”, en este caso relativas al cine), Linklater, que ya cuenta con 65 años y una prolífica filmografía a sus espaldas, es, como ha demostrado en alguno de sus títulos (aunque no en todos), un realizador competente, experimentado y dotado de una cierta sensibilidad, es decir, capaz de controlar su propensión al idealismo romántico. Así, su panegírico dedicado a Godard es a la vez contenido y desenfadado, tierno e irónico, fiel y admirativo, sin caer en la deformación, la pedantería o el burdo deslumbramiento. Su relato de la preparación y realización del filme posiblemente más sublimado (con desmedida ligereza) de la historia es, en realidad, un documental de los hechos. El ambiente en la mítica (ya entonces, a finales de los 50, empezaba a serlo) revista de cine, la urgente impaciencia de los redactores (empedernidos cinéfilos) por pasar de la teoría a la práctica cinematográfica, la caracterización del “personaje” Godard (un desconocido con ínfulas de genio), la improvisada preparación del filme (hecho “con cuatro perras”), la esmerada pesquisa electiva de sus protagonistas, entre los cuales, la impensable contratación de una joven star del cine norteamericano, las particularidades del rodaje marcado por un estilo libérrimo, rayano con lo caótico y, al fin, la conclusión, de manera casi inverosímil, del proyecto y su sorprendente éxito mundial.
Los primeros minutos, cuando el filme se abre a nuestros ojos, uno siente una inicial (y previsible) impresión de malestar y rechazo. Pero bueno, se dice a sí mismo, y ese ¿quién es?, ¿nos quieren hacer creer que es Godard?, ¡si ni siquiera se le parece! ¡Y esta, la que suplanta a Jean Seberg!, ¡no se lo cree ni ella! ¡Y el otro, el que hace de Belmondo!, ¿de dónde lo han sacado? Pero insensiblemente, al cabo de un rato, sin casi darnos cuenta, Godard es Godard (incluso físicamente): descuidado, insolente, obstinado, imprevisible, pretencioso, iconoclasta, locuaz, pedante, indescifrable, anárquico, inspirado, insoportable, convencido de la trascendencia de su proyecto. Y Jean Seberg es Jean Seberg: bella, cordial, espontánea y a la vez comedida, suspicaz y al tiempo natural, accesible e inaccesible, asertiva e incierta, constante e inestable, preguntándose todo el rato qué está haciendo dentro de aquella película que no sabe de qué va. Y Belmondo es Belmondo: juvenil, simpático, predispuesto, descarado, pugilista, flemático, infatigable, irónico, atractivamente feo. Incluso los secundarios se parecen. El productor Beauregard (que unos años antes había producido los filmes de Bardem “Muerte de un ciclista” y “Calle Mayor”): desconfiado, pero transigente, perseverante, angustiado, esperanzado, perplejo, torpe, calculador, viendo peligrar a cada momento la rentabilidad de su película por culpa de un director que no sabe lo que se trae entre manos. O el director de fotografía, un primerizo Raoul Coutard, que en seguida se convertiría en uno de los más relevantes de su oficio a nivel mundial, ese grandullón tranquilo y amable, que provenía del reporterismo de guerra en Indochina, perspicaz, resuelto, disciplinado, creativo, seguro de que con ánimo y perseverancia todo es posible, los ojos e incuestionable mano derecha de Godard.
Sin duda corresponde al director, Linklater, el mérito de haber logrado superar ese tour de force interpretativo. Haber optado por un tratamiento a la vez narrativo y documental es esencial para llevar a buen puerto su propósito, pues el resultado gana en inmediatez y autenticidad. La película “Nouvelle Vague” es, más que otra cosa, un reportaje sobre la Nouvelle Vague y sobre “À bout de souffle”. Realizado con el estilo específico de Godard-Coutard: cámara en mano (incluso en interiores), iluminación natural, diálogos filmados como entrevistas improvisadas, enardecida, frenética a veces, movilidad de la cámara, ruptura de la continuidad del plano. El mismo Godard afirmaba que él se sentía, a la hora de filmar, más periodista que narrador. Transmite, así, el filme, la impresión de aventura e improvisación que envolvió el rodaje. Y plasma, al mismo tiempo, la vivencia del director novel probando, experimentando, descubriéndose, “haciéndose” en su profesión. Hasta podemos presenciar una pelea a puñetazo limpio, sin duda verídica, entre productor y director. Retrato del genio en ciernes.
Pero, como cabía imaginar, el resultado se resiente de los límites que impone su propia elección temática. El apasionado e incondicional homenaje a un movimiento artístico como la Nouvelle Vague, que fue un producto “inventado” sobre la marcha por la prensa (a causa de la inesperada y coincidente irrupción el mismo año, 1959, de dos o tres películas francesas resueltamente innovadoras), debido más a la idealizada mixtificación que a la realidad, y a su acotada circunscripción a un ámbito restringido como el de la cinefilia, condiciona las posibilidades expresivas de la película, tanto desde una perspectiva formal como argumental. Su pretensión histórico-ilustrativa le hace adoptar un didactismo apresurado, tan confuso como simplificador. Se acumula, sin una clarificadora función narrativa, la presencia de personalidades de mayor y menor relieve que participaron en el movimiento como personajes que pasan por allí y asoman la nariz en plan testimonial, a tal punto que el espectador, incluso el cinéfilo medianamente informado, se pierde entre la espesura de citas y nombres. El personaje Godard se tipifica por medio de ostentosos gestos externos y retóricas declaraciones sobre el cine e, igualmente, los demás personajes están desprovistos de contenido psicológico (aunque esto también sucede en todos los filmes del director homenajeado, Godard). Incluso se recurre, como era de temer, a esa fórmula tan molesta, vulgar y facilona, típica de las películas norteamericanas, de los letreros del final que anuncian a los espectadores indocumentados cómo acabó la cosa, así como la trascendental importancia histórica de lo que acaban de ver representado en la pantalla.
¿NOUVELLE VAGUE?
Así que volvamos a la proposición de partida. ¿Cuál es el sentido de una película apologética que sólo pueden apreciar los cinéfilos más recalcitrantes? Sobre un acontecimiento (la Nouvelle Vague) que, en realidad, sólo existió en los diccionarios de cine y del cual su único, genuino y consecuente representante fue Godard (y en una dirección diferente, Agnès Varda y un epígono tardío de Godard: Jean Eustache), pues hasta aquellos más exaltados que desde “Cahiers” vociferaban contra la mediocridad y vulgaridad del cine francés de la época (“cine burgués”, “cinéma de qualité”), como Truffaut, Chabrol, Rivette y todos los demás, después de sus primeras películas se pasaron con armas y bagajes al cine comercial “bien hecho” (“de qualité”). Sobre un director, Godard, que, ferviente defensor durante toda su etapa como crítico del montaje clásico y de la importancia del tema (hasta llegó a escribir sendos textos al respecto titulados “Mi mayor preocupación, el montaje” y “Supremacía del tema”), alguien así se encargó en su trabajo como director de desmembrar el montaje, prescindir del guion y desentenderse del tema. Sobre una película como “À bout de souffle”, un film policier de serie B, que cuenta una historia convencional en clave misógina, que de la noche a la mañana se convirtió en el símbolo del nuevo cine, en el Manifiesto de la generación de la cinefilia. Para unos: “es el filme más nuevo de todos los filmes de la Nouvelle Vague, posee un don incuestionable para atrapar las cosas al vuelo, para la improvisación creativa… una ruptura de todas las reglas técnicas al uso y un gusto evidente para la provocación condujeron a Jean-Luc Godard a reinventar el cine”. Para otros: “Godard trata de hacerlo todo diferente; rueda rápido, demasiado rápido, apoyándose en el virtuosismo de su operador Raoul Coutard; en el montaje corta, abrevia cada plano, desprecia la continuidad entre los planos de una misma escena… hace gala de un estilo sincopado, insolente, que pronto será admirado como innovador”. Y otros aun: “Para exhibir un filme que no se podía proyectar (“À bout de souffle”) Godard lo trituró tranquilamente en la sala de montaje, contando con la bobería de una crítica que le sirvió para lanzar una moda: la del filme mal hecho… Godard representa la más penosa regresión del cine francés hacia el analfabetismo intelectual y el bluff plástico”. Pero escuchen al poeta Louis Aragon: “¿Qué es el arte? Estoy dándole vueltas a esta pregunta desde que he visto “Pierrot el loco” de Godard… y si hay una cosa de la que estoy seguro es que el arte de hoy es Jean-Luc Godard”: “L’Art c’est Jean-Luc Godard”. God-Art.








































