REIVINDICACIÓN DE LA MEMORIA
(Por A. C.)
Un reportaje de la crónica negra política que transcurre entre los años 74 y 77 del siglo pasado durante la dictadura militar en Brasil, que duró de 1964 a 1985, siendo presidente por estas fechas el general Ernesto Geisel.
“Lo que me motivó a hacer la película fue que mi país, Brasil, sufre amnesia y pérdida de la memoria política” (Kleber Mendonça Filho)
LO GROTESCO, LO MONSTRUOSO, LO INICUO
La primera escena de la película, anterior a los títulos de crédito, que dura cerca de diez minutos, es impactante: en una sola secuencia, con una sensación de desasosegante alarma, nos hacemos una idea precisa del estado de desorden, vileza, desquiciamiento y corrupción que reina en el país. Una situación de inseguridad, peligro y violencia inminente.
A lo largo del filme se van componiendo todas las piezas que sustentan este contexto de ilegalidad imperante, deterioro social y de burundanga (desorden, disparate, brutalidad) que involucra a la clase dirigente política y económica, a las fuerzas del orden y al crimen organizado, y los iguala entre sí. Hasta un punto de abyección que aboca en la distopía. La inmoralidad, la corrupción, el crimen forman parte de la normalidad cotidiana. El sicariato es una profesión, un trabajo, que se contrata con la misma naturalidad con la que se emplea el servicio de un fontanero. Todo es corruptible y cualquiera eliminable. La visión brutal y delirante que ofrece la película del periodo histórico del que da cuenta, por muy hiperbólica que en ocasiones pueda parecer, transmite una impresión cierta de verosimilitud y credibilidad. Autenticidad pigmentada con tintes grotescos y horriblemente hilarantes, la de la afinidad entre las fuerzas del orden y los asesinos. Queda claro que es la naturaleza del orden establecido la causante y garante del desorden general. ¿Quién puede extrañarse de que las fiestas de Carnaval sean el escenario idóneo para causar cada año más de un centenar de muertos? Es un dato habitual que entra dentro del marco común de las cosas y que no inquieta ni a los encargados de mantener el orden ni a la población. Es un hecho acostumbrado que a nadie inmuta, sino que forma parte consustancial de la celebración.
En este ámbito desmedido de irracionalidad convertida en rutina los sucesos más alucinantes, como que aparezca un tiburón en la playa con la boca atragantada por una pierna humana, tienen un seguimiento entusiasta en la prensa. E igual ocurre con disparatadas fabulaciones de un atroz infantilismo popular, como el nocturno ataque homicida contra todo bicho viviente de una supuesta “pierna peluda” (sin cuerpo) en un parque de la ciudad, que llega a ser el culebrón del año. Es algo que conviene al Orden del Desorden mantener a las masas sumidas en irracionales terrores atávicos, en la salvaje creencia en lo sobrenatural, para no ver la realidad de su propia miseria material.
Curiosamente este aire truculentamente grotesco que envuelve la trama provoca no un efecto de incredibilidad hacia el buen sentido argumental del filme, sino que, por el contrario, refuerza su intención realista. Pues con toda su aparente desmesura la película no resulta en absoluto espuria, disparatada o absurda, sino que es precisamente el delirio que se cuece en sus tripas lo que da cuenta y razón del estado de descomposición de este gobierno, de esta sociedad, de este país. La película no es insustancial, trivial o risible. No da ninguna risa. Muestra un estado de cosas terrible a través de su propia sinrazón. La galería de monstruos que presenta da miedo. La corrupción y la irracionalidad lo impregnan todo. En una escala que va de los omnipresentes retratos de las autoridades que presiden ese criminal desbarajuste colgados en las paredes de los edificios públicos, a los grandes empresarios, pasando por las fuerzas policiales, los funcionarios de la administración, los medios de prensa y el lumpen encargado de delatar o asesinar.
TRAMA Y COMPOSICIÓN
El relato está compuesto por una introducción, tres partes y un epílogo. “El protagonista, profesor de una universidad politécnica, llega, oculto bajo el nombre falso de Marcelo, desde Sao Paulo a la ciudad de Recife, huyendo del acoso de un empresario de la compañía Petrobras vinculado con el régimen militar, enfurecido con él por haberse enfrentado a sus maniobras para privatizar la universidad pública en la que este trabajaba. En Recife Marcelo se refugia en la casa de una mujer que acoge a perseguidos de diversa condición. A la vez, va a ver a su hijo de ocho años que vive con sus abuelos desde que murió su madre, con la intención de llevárselo a vivir con él. Contacta, entretanto, con los representantes de una organización de ayuda a represaliados, que le proporcionan documentación, pasaporte (falso) y medios para escapar. Estos graban una conversación con él en la que cuenta su historia y los motivos de su huida (lo cual da lugar a un largo flashback). En el ínterin conocemos al jefe de policía de la ciudad y a sus dos hijos, tipos, todos ellos, corruptos y desalmados hasta límites inconcebibles, y somos testigos de algunas de sus tropelías. Como era de esperar, comparecen también los sicarios encargados de liquidar a Marcelo, buenos amigos de los personajes citados antes. En estas, la ciudad está en pleno bullicio carnavalero. La prensa encabeza diariamente sus portadas con titulares sobre el ininterrumpido número de muertes durante las fiestas. Todos hacen festivas conjeturas sobre cuándo las víctimas alcanzarán el centenar. En medio de este jolgorio se producen inusitados acontecimientos: el hallazgo de una pierna humana, despojo, sin duda, de una acción llevada a cabo por asesinos a sueldo, en la tripa de un tiburón encallado en una playa y la creencia popular y periodística dan pábulo a la supuesta aparición de una pierna asesina que ataca por la noche a las parejas en el parque. Para impedir que el examen de la pierna hallada en la andorga del tiburón pueda conducir a la identificación de la víctima, la propia policía, con la colaboración de los empleados del depósito de cadáveres, se encarga de sustituirla por otra, una pata de vaca. La pierna auténtica vuelve al mar con la seguridad de que ya no regresará. Por extraño que parezca toda esta sucesión de actos disparatados, alucinantes y espantosos no producen en sus actores ninguna impresión de horror o perturbación, pese a que el hedor a putrefacción lo invade todo. Tales hechos transcurren con total normalidad, como si se tratase de acontecimientos comunes y corrientes. Y, en realidad, deben serlo. Por fin, Marcelo, avisado de que lo buscan para apiolarle, prepara la huida con su hijo, desbaratada por sucesos funestos. Muchos años después dos estudiantes universitarias preparan una investigación a partir de los audios que han llegado a sus manos grabados por la organización que ayudó a Marcelo (que, en realidad se llama Armando). Una de ellas, establece comunicación con el hijo del protagonista, que, a estas alturas, es ya un cuarentón que ejerce de médico en una clínica de donación de sangre, pensando que, sin duda, sentirá interés por conocer la historia de su progenitor. Pero el hijo no sólo no recuerda nada, sino que prefiere no recordar”.
INCOHERENCIAS
La película es puro cine negro. Sus imágenes poseen una poderosa fuerza expresiva. Sin embargo, a pesar de su buena factura y del interés de la historia hay algunas escenas superfluas que alargan innecesariamente el filme y contiene varias incoherencias y un cuestionable planteamiento histórico y también psicológico.
¿Qué significación real, históricamente hablando, tiene la casa-refugio para unos pocos perseguidos de diferente signo (y, no se sabe por qué causa, elegidos para cobijarse allí), un lugar, tal como se presenta en la película, de condición estrictamente humanitaria, altruista y apolítica (que hasta acoge compasivamente a un gato-monstruo de dos caras)? En un momento en que el país estaba bajo un mando militar fascista, abarrotadas las cárceles y donde la única oposición activa era de orientación revolucionaria. En ningún momento se alude a la lucha política y acerca de la naturaleza represiva del régimen sólo se da la siguiente y concisa información al inicio del filme: “Esta historia transcurre en 1977, un periodo lleno de sobresaltos”. Con arreglo a este planteamiento se diluye el papel de la dictadura, que no se nombra, y que queda en el trasfondo de los sucesos absurdos, infames y truculentos que acontecen, y se sustituye la lucha revolucionaria por una problemática de “casos personales” de disidencia o inconformismo. Lo mismo ocurre con la fantasmática organización de ayuda y rescate, una especie de ONG fundada y financiada (como acto de desagravio personal, se supone) por “la hija de una familia muy rica de Sao Paulo, que roba al país” (sic), que provee de asilo, documentación falsa y dinero al protagonista. Todo esto resulta confuso, incomprensible e irreal y parece una fórmula para rehuir la realidad histórica.
Hay aún más contradicciones y discordancias. Los hechos que narra la película suceden en 1977. El enfrentamiento entre Marcelo, cuando se llamaba Armando y era jefe de departamento de la universidad federal de Pernambuco, y el capitoste de la empresa petrolera brasileña tiene lugar en 1974, tres años antes. ¿Qué ocurre durante estos tres años, además del elíptico fallecimiento de su mujer? ¿Por qué el pérfido empresario privatizador decide “cargárselo” de pronto con tanto retraso, cuando hacía tiempo que había conseguido sus propósitos? Por otra parte, su destino final (el del protagonista), invisibilizado y no explicado, justamente cuando la amenaza parecía haberse disipado, parece concebido ex profeso para justificar el final.
EL FINAL
Tantos años después nos encontramos con el hijo del protagonista convertido en médico de una clínica donde antes estaba el cine en el que trabajaba su abuelo como proyeccionista, un espacio en el que los signos de corrupción y violencia del pasado parecen haberse evaporado. Allí recibe la visita de la estudiante que está preparando una tesis sobre las cintas de audio en las que Armando-Marcelo cuenta su historia, con la idea de que han de servir a su hijo para conocer la verdad sobre su padre. Sorpresivamente se encuentra, sin embargo, con la indiferencia de este. ¿Qué interpretación debemos dar al testimonio de alguien que afirma no recordar nada de su padre ni sentir el menor deseo de conocer una revelación de viva voz sobre su vida? Un proceder que desmiente el vivo afecto y la admiración que sentía de niño por él y que, teniendo en cuenta su traumática infancia, debería, más bien, guardar una memoria mítica tanto de él como de su madre. ¿Qué se pretende dar a entender con ello? ¿Tal vez que la democracia lo ha convertido en un amnésico?
EL TEMA
En el final es donde adquiere su verdadero significado el filme, puesto que, en realidad, el tema de la película es la memoria. La mayor preocupación de Marcelo- Armando a lo largo de todo el relato es conseguir información acerca de su madre, de la que lo único que conoce es el nombre. Paradójicamente, su hijo se desinteresa completamente de la vida y las razones de su padre (y de su madre), lo que es como decir, también, de la historia y el entendimiento de su país.
Es, pues, el momento de retomar las palabras del director acerca de su intención: “Lo que me motivó a hacer la película fue que mi país, Brasil, sufre amnesia y pérdida de la memoria política”. Sobran motivos, en consecuencia, para entender que su significado no es sino una advertencia dirigida al pueblo brasileño sobre el peligro del olvido, del desgaste y desaparición de la memoria política. En los tiempos en que el bolsonarismo se cierne amenazador sobre el destino del país hay que tener más presente que nunca la memoria. No olvides: recuerda y recuérdaselo a los demás. El hijo del protagonista elige olvidar, la chica que le entrega el pen con las cintas decide mantener la memoria alerta de un pasado que no conoció y que no va a permitir que se repita.








































