EL INFIERNO DE LAS FALSAS ILUSIONES
(Por A.C.)
TEMA
El fracaso de las expectativas vitales del artista preso de sus falsas quimeras. La incapacidad de crecer, de adaptarse a la realidad. La predisposición a permanecer en un estado de perpetua suspensión que paraliza la entrada en la madurez, el aplazamiento de la asunción de la edad de la razón, la no aceptación de la responsabilidad de los propios actos que da sentido a la vida.
PERSONAJE
Un soñador que se refugia en la fe de que el arte es un vaso sagrado cuyo elixir nos protege del sucio contacto con la realidad, que vive en contradicción entre sus anhelos de plenitud y la vulgar materialidad de su existencia y de su insuficiencia artística. Discordante dualidad entre su conciencia de poeta y la constatación de su malogro como artista y su naufragio como persona.
En él mismo se concentran con cruel incongruencia el ansia por la belleza consustancial a la poesía con su derrota vital, representada por su misma apariencia personal: desaseado, sudoroso, envejecido, grotesco, menesteroso, alcohólico, infeliz, definitivamente fracasado y feo.
En todo ha fracasado: como padre, como hijo, como esposo, como artista, como profesor, como ser humano incapaz de guiar el curso de su vida.
No hace nada útil por alcanzar lo que busca. A los cincuenta años la vida se le escapa de entre las manos en la misma medida que da primacía a sus quiméricas ensoñaciones. Su triste justificación por no poder elevarse por encima de la vulgaridad de su vida es culpar al mundo y compadecerse de sí mismo.
Cada cual es el artífice de su propio destino, dice un aforismo, seguramente engañoso, pero que parece pensado para él.
RELATO
Óscar Restrepo, el soñador de la película (fielmente interpretado por un actor no profesional, de nombre Ubeimar Ríos, que hasta entonces se había dedicado exclusivamente a dar clase en un instituto) ganó de joven con su primer poemario el premio nacional de poesía para autores noveles, lo cual parecía augurarle un futuro prometedor en el campo de la literatura. Su modelo artístico y existencial es el poeta nacional José Asunción Silva, cuyo retrato cuelga de la pared de su habitación como luz siempre presente de inspiración. Como él fue un inconforme y su existencia estuvo permanentemente marcada por la incomprensión, el fracaso y la aflicción. Se suicidó de un pistoletazo en 1896, a los 31 años. A él también le gustaría en ocasiones seguir su ejemplo de manera tan radical. Tras su laureada iniciación su segundo intento no alcanzó la menor repercusión y desde entonces ha sido incapaz de escribir ningún otro libro. Ahora su vida transcurre sin sentido, desperdiciada entre borracheras, malas compañías, ensueños ilusorios y falsos propósitos de enmienda y recuperación, atendido y mantenido por la benevolente dedicación de su madre. Sin trabajo, roto su matrimonio, el rechazo y el desprecio de su hija adolescente, a la que él adora, le sume en el más negro abatimiento.
Por fin, decidido a salir de su marasmo, consigue, por intermediación de amistades y casi podría decirse que por conmiseración, un puesto de profesor de literatura en un instituto. A pesar de que su estrafalaria figura y sus excéntricos procedimientos didácticos provocan la burla de los alumnos, un acontecimiento sorpresivo consigue sacarle de su estado de ofuscación. Descubre en una de sus alumnas, de apariencia vulgar y de humilde origen social, los insólitos indicios de una gran poetisa, de cuyo valor la misma artífice no es consciente. Su descubrimiento le cambia la vida. Surge en él un impulso afirmativo que le hace abandonar la bebida y dedicarse en cuerpo y alma a alentar la vocación poética de su protegida. Ha encontrado de pronto un sentido rehabilitador a su infeliz existencia. Hasta ha descolgado el cuadro de Asunción Silva. Se asigna a sí mismo una misión restauradora que le rehabilita como padre existimativo de la promisora poeta y que le impulsa a volcar en ella su utópico ideal artístico. Pero una vez más se estrellará contra la inapelable y despiadada realidad.
SENTIDO (Y SENSIBILIDAD)
La configuración del relato consigue a menudo tratamientos logrados del tema. El contraste entre una inesperable poeta adolescente de clase baja, poseedora de un incipiente talento artístico en bruto, y la espontaneidad casi fortuita de sus asombrosas dotes. Una artista en ciernes que desconoce de dónde surge el don que atesora y que ni siquiera le importa. Simplemente porque sí, sin que se plantee atenderlo ni cultivarlo. Puesto que se trata de algo inmanente y sin explicación, mero pasatiempo vano e infecundo y seguramente efímero, al que ella antepone las cosas naturales y triviales que le ha enseñado la vida de sus mayores, cuyas pautas ella aspira a perpetuar: casarse, tener hijos, un hogar que cuidar y probables malos tratos maritales. Contraste que salta a la vista y que no puede dejar de notar su guía espiritual al comparar su capacidad poética con sus gustos horteras (que empiezan por su propio nombre, Yurlady). Mas para desbastarla ahí está él, el poeta, su profesor, firmemente convencido de su papel de Pigmalión. Pero, como es lógico, sólo conseguirá con su control que ella aprenda a odiarlo. El poeta, el desventurado Óscar Restrepo, se siente a sí mismo un don Quijote armado con la lanza de la Poesía y, como él, permanentemente apaleado cuando sólo quiere hacer el bien. Como la relación entre el poeta y padre frustrado con su hija, de la edad de su pupila, que no le perdona su inconsciencia, su irresponsable infantilismo, su incapacidad para actuar ante ella como un padre ejemplarizante. Pues Óscar es todo lo contrario, un padre patético que, por más que se lo proponga no es capaz de sacar una sonrisa a su hija. Lo más que puede producirle a esta es un sentimiento de lástima. “No te odio, pero no puedo quererte”, le dice ella en una ocasión. Él no sabe cómo responder ni cómo mostrarse, sólo es el payaso de las bofetadas.
La crítica irónica, mordaz (cartel de Marx incluido) de la organización cultural alternativa a la que pertenece el poeta, cuya divisa, inspirada en la triada Verdad- Bondad- Belleza, se basa en la creencia de que se puede cambiar el mundo por medio de la acción liberadora del Arte. Para ello organiza en la academia de las artes concursos de poesía para jóvenes y soporíferas charlas sobre teoría artística a las que asisten cuatro viejos. Sus directivos, aparentes benefactores de la humanidad olvidada y voluntariosos agonistas por una sociedad mejor y más justa (por la vía del Arte) son, en realidad, unos farsantes que intentarán aprovecharse del fenómeno de la floreciente poetisa. Un cruel desengaño más que sumar a los muchos que zarandean al poeta.
FINAL EN FALSO
Por encima de todo domina el egoísmo, la doblez, el interés y el provecho. Ya se trate de la farisaica corporación poética, o de los directivos del instituto en que ejerce como docente el poeta, o de la ávida familia de la prodigiosa poetisa, incluida ella misma. Todo en la vida real conspira contra la aspiración sublime a la verdad, la bondad y la belleza. El mundo es feo, falso y terrible y el desgraciado protagonista vuelve a caer en sus viejos vicios autodestructivos. Cuando muere su madre, el único amparo y custodia que le queda, el mundo se resquebraja. ¿Qué será ahora del pobre, del inútil poeta? Pero al final se produce un giro inverosímil que deslustra del todo la película, sólo para quitar hierro al infortunio y para que el público salga del cine más animado y el filme tenga una mejor fortuna comercial. Cuando todo se complica y se cierra irremediablemente para lo peor, todo acaba arreglándose para lo mejor. Pero todo final de película tiene siempre otro más real que no se ve y todos sabemos que el infausto poeta está condenado a hundirse inexorablemente en el pozo negro que él mismo se ha creado.



