SENTIMENTALISMO SIN CONTENIDO
(Por A.C.)
Ella es una mujer mayor y aún de buen ver, de clase media y nacionalidad española, que seguramente vive de su pensión de viudedad, nacida y residente en una peculiar población norteafricana, la legendaria Tánger, ciudad internacional, abierta desde hace siglos a multitud de culturas, a menudo como refugio político, artístico o sexual, o eso es lo que nos ha transmitido la mitología colonial. Aunque la protagonista lleva viviendo allí desde hace casi 80 años habla un español sin huella de contaminación de la lengua nativa, aunque, según se nos presenta, está completamente integrada en la cotidianidad del medio natural tanto social, como cultural, o, más bien, tal como constatamos en seguida, sólo nostálgica y sentimentalmente, ya que puede decirse que su vida se reduce a asomarse al balcón y a bajar a comprar a las tiendas de su calle, la que da título a la película. Sus únicas relaciones sociales (aparte de los vendedores de comestibles del barrio) se limitan a una vecina y una monja de clausura con voto de silencio, de la que se vale para desahogarse emocionalmente sin esperar otra réplica más que, en el mejor de los casos, la gestual. Ama, sobre todo, su casa, que es un escenario absorto en el marasmo intemporal, en la suspensión y el estancamiento existencial. Prácticamente un refugio en el que vive rodeada de sus recuerdos tangibles (el mobiliario) e inmateriales (música y fotografías de un pasado indefinido), como le pasa a la mayoría de los viejos, especialmente si viven solos.
En estas, aparece su hija, que la visita de uvas a peras, no para cumplimentarla o dar prueba de alguna muestra de afecto, por impostada que pueda parecer, sino para comunicarle, sin intentar siquiera aparentar el menor gesto de empatía, que, debido a complicaciones existenciales (se acaba de separar de su marido) y económicas, ha decidido vender la casa, esto es, la misma en la que desde que nació vive su madre. Toca aclarar, llegados a este punto, que, con el fin de avalar el legado patrimonial, la casa familiar está desde hace años a nombre de la hija por testamentaria decisión paterna. Esta, en fin, le oferta a la madre dos inexorables alternativas: o irse a vivir a Madrid con ella y sus nietos, a los que apenas conoce ni, por lo demás, hay por una y otra parte (abuela y nietos) interés alguno en restablecer la relación, o internarla en una residencia de ancianos que, en previsión de su negativa a la primera opción, ya tiene prácticamente apalabrada en la misma ciudad tingitana. Dejando aparte la legítima validez de las razones e intereses que puedan asistir a la madre y la hija, la película induce de forma explícita al espectador a solidarizarse sentimentalmente con el personaje materno, atento, afable, cordial y de avanzada edad, frente al de la hija, antipática, hosca, intolerante, desafecta y acaparadora.
En efecto, la hija nos cae a todos muy mal, más aún en contraste con la gracia y comprensión que exhibe la madre. Pero abreviemos. Ante la inevitabilidad de la situación la madre vacía y desocupa la casa familiar y accede de mala gana al geriátrico que le habían asignado, para a los pocos días desdecirse de su decisión y, sin avisar a la hija, retornar al hogar abandonado (ya públicamente en venta) y recomprar todo el mobiliario malvendido para dejar la casa tal como estaba antes y volver a hacer su vida en ella como si nada hubiera pasado. Pero la conmoción del desahucio (puesto que no con otra palabra puede ser definida la mala pasada de la hija) hace que la vida de la protagonista dé un vuelco: por primera vez es capaz de tomar una decisión importante por su propia cuenta, por más ilusoria y vana que sea. En su recién descubierta condición de mujer liberada se revela también en ella una hasta entonces desconocida vocación emprendedora que, para conseguir los cuartos necesarios para amueblar de nuevo la casa vaciada, la estimula a convertir su hogar burgués en una multitudinaria (e ilegal) cantina donde los forofos futboleros del barrio se congregan y desgañitan para ver los partidos de la liga española, Barça y Real Madrid. Pero aún más importante que esto es para la protagonista sacar a la luz sentimientos y emociones aún ignorados a su edad: enamorarse (de un viejo anticuario atento y bastante bien conservado, el encargado de desamueblarle primero la casa y de volvérsela a amueblar después) y descubrir con la enfervorizada exaltación de los principiantes el deleite de la pasión sexual.
La película sitúa al espectador ante la dramática disyuntiva de la mujer mayor desposeída y prácticamente arrojada a la calle (no por un “fondo buitre”, tal como sería lo lógico y corriente en los tiempos que corren, sino por su propia hija) con la que nos toca compartir sus frustraciones, temores y esperanzas. Pero Touzani, la directora del filme, no va más allá de lo previsible: confeccionar un filme “buen rollista” y en todo momento políticamente correcto (aunque sin la menor connotación política) en el que lo predominante es el colorido humano y comercial de la ciudad y el sentimentalismo superficial con que enfrenta la situación de la protagonista, a quien la adversidad y el desengaño le sirven impensadamente para descubrir el amor y el sexo en la senectud. Se plantea, en consecuencia, el problema del “edadismo”, tanto el asunto, que siempre se suele omitir, del deseo sexual de los viejos, presentado aquí con el máximo pudor, como de la pérdida de la capacidad de decisión de estos. Se cae, sin embargo, a menudo en el más elemental humor de sainete y el guion en lugar de progresar se estanca en las gracietas e ingeniosidades pensadas para provocar una sonrisa tierna y solidaria en el espectador. V. gr: la colisión de la protagonista con las hipócritas ordenanzas durante su paso fugaz por la residencia, los ociosos monólogos con la monja-momia muda o la picaresca ocurrencia empresarial de montar un chiringuito futbolístico en su propia casa. Pretende ser una comedia agradable y simpática confirmando en el espectador experiencias y sentimientos ya presentes y sabidos (esperables) sin producir una verdadera extensión y profundización del horizonte humano. Se resiente especialmente de un guion inconsecuente y deliberadamente ambiguo.
Si el retorno de la madre a la casa expoliada por la hija da lugar al descubrimiento de sus capacidades hasta este momento desconocidas, el desenlace originado por la definitiva venta de la casa pone en evidencia la falta de consistencia del relato. Al final todo se acumula de manera inconexa: la reaparición de la hija como ave de mal agüero, anunciadora de la ruina consumada; el fallecimiento (sin relevancia por lo que se refiere a la historia) de la espectral monja-momia; la inexplicada e inexplicable desaparición del amante en el momento más doloroso de la protagonista y el final premeditado y arteramente suspendido y ambiguo (ambigüedad por demás tramposa y estéril). Un final que anula todo el desarrollo de la trama desde que ella se rebela frente a su destino para retroceder de nuevo al problema inicial en condiciones aún de mayor fragilidad, de modo que el espectador no puede por menos que pensar (si no es abducido por el sentimentalismo más simplón) de qué ha servido todo el exaltante interludio vindicativo y restituidor que nos han colado a mitad de la película.
“Calle Málaga” es una coproducción hispano-francesa-marroquí dirigida por Maryam Touzani1, que se adscribe al género cada vez más prolífero del docudrama. ¿Qué se quiere significar con este calificativo? La clase de obra cinematográfica que “dramatiza historias tal como las ofrece la realidad misma, sin esforzarse en descubrir el contenido objetivo de esa parte de la realidad (su causalidad)”, esto es, “un reportaje de los actos y de las emociones visibles sin alcanzar la conformación artística del tema, limitándose a las manifestaciones superficiales de la realidad inmediata que no reflejan la verdadera esencia de las cosas”, o, con otras palabras, circunscribirse a un “objetivismo superficial” en el que la forma aparente de las cosas no coincide con su esencia y se queda sólo en la reproducción fotográfica del mundo exterior directamente perceptible2.
NOTAS:
- Touzani (1980) es una actriz, guionista y directora marroquí. Es autora de dos cortometrajes: “Quand ils dorment” y “Aya va à la plage”, de un documental: “Sous ma peau vieille”, sobre la prostitución en Marruecos, que luego convirtió en un guion de ficción para la película “Much Loved”, dirigida por su marido Nabil Ayouch, con quien también trabajó como actriz en “Razzia”, y directora de tres largometrajes: “Adán”, en el que ‘denuncia la ilegalidad de las mujeres solteras embarazadas en Marruecos’, “El caftán azul”, sobre ‘la homosexualidad mantenida en secreto en el matrimonio’ y “Calle Málaga”.
↩︎ - “El poder desfetichizador del arte se debe principalmente a la ‘catarsis’, en la que, por medio de la obra artística, se produce una conmoción de la imagen cotidiana del mundo, de los pensamientos y sentimientos usuales sobre los individuos, sobre su destino y sobre los motivos que los mueven en sus acciones, una conmoción que conduce a un mundo mejor comprendido, a la realidad de este mundo concebida con más profundidad y mayor exactitud” (Leo Kofler: “Arte abstracto y literatura del absurdo”. Ed. Seix y Barral). ↩︎


