“ORWELL: 2+2=5” de RAOUL PECK

PEOR QUE EL TELEDIARIO

(Por A. C.)

Documental montado a partir de anotaciones biográficas y textos literarios del escritor George Orwell (cartas, diario, extractos de sus libros) leídos por el actor Damian Lewis; por secuencias de películas, principalmente de aquellas basadas en sus novelas: las tres versiones de “1984” y “Rebelión en la granja”, así como de otras ajenas, como “Memorias de África”, “Minority Report”, “Brazil”, “Riff-Raff, “Tierra y libertad” y “Yo, Daniel Blake”; imágenes de archivo (históricas y actuales); fragmentos discursivos o demostrativos/acusatorios de figuras políticas (esencialmente de Putin y Trump); declaraciones de personajes más o menos conocidos supuestamente significativos (¿de qué?), como Milan Kundera, Michael Moore, Edward Snowden…; ilustraciones con rótulos, esquemas y diagramas sobre el estado político, social y económico del mundo, etc., con la declarada intención de advertir acerca de la amenaza del populismo totalitario contra  las libertades y la democracia (consideradas en abstracto)

En el documento testimonial “de denuncia” de Raoul Peck (el irreconocible artífice de obras como “El joven Karl Marx” y “I Am Not Your Negro”) se identifica la Democracia (formal y con mayúsculas) con la democracia liberal (burguesa), o sea, la impuesta en el mundo occidental por el sistema capitalista, que consagra la explotación económica y la desigualdad de clase a través de la división del trabajo entre explotadores y explotados, la propiedad privada de los medios de producción (que rige las relaciones laborales y sociales) y el dominio del poder estatal por parte del poder económico (que manda/ejerce el poder sin presentarse a las elecciones).

En el caso de “Orwell: 2+2=5”, referida sólo y en concreto a la democracia estadounidense, que es el punto de referencia, el marco emocional y moral, el espejo en el que se mira el filme. Todo lo que no se ajuste a este modelo o lo controvierta es reprobado y estigmatizado como totalitarismo, tiranía, despotismo y sinrazón. 

Según este planteamiento EEUU, que, desde su fundación en 1776 no ha cesado de promover guerras o intervenir militar y políticamente en otros países, es una democracia ejemplarizadora porque allí se puede votar y (como muestra de forma magistral y satírica “El inmigrante” de Chaplin) se ha erigido una gigantesca estatua portando una antorcha que recibe a los viajeros. Sin embargo, su sistema electoral sólo permite presentarse a las elecciones a partidos y personajes que cuenten con la financiación de empresas o individuos multimillonarios, donde se impone toda clase de dificultades burocráticas para que los ciudadanos puedan ejercer efectivamente su derecho al voto, en el que sólo los ricos pueden acceder a la asistencia sanitaria. Un país así es considerado por Raoul Peck el modelo democrático de referencia (por lo menos mientras gobierna el Partido Demócrata), que hoy se ve amenazado por la condición vesánica y opresora de Trump. Aunque de lo apuntado no se ve ninguna imagen ni se dice ni una palabra, la película de Peck ofrece una visión supuestamente objetiva del peligro global de quiebra democrática a causa de la acción de personajes o ideas tenebrosas y malignas. 

Sin embargo, esto ha sucedido siempre y, en casi todos los casos, a iniciativa del imperialismo estadounidense. La diferencia es que hoy los ataques a la democracia se producen en el interior mismo de EEUU. Y esta es, precisamente, la razón que motiva la producción del filme. Todo lo que en él se plantea está visto desde la perspectiva de EEUU y de las premisas del Partido Demócrata Norteamericano. Las conminaciones antidemocráticas del trumpismo, tal como se muestran en la película, inciden en la degradación y pérdida de los derechos civiles en EEUU, que es tomado como paradigma ideal de la democracia en el mundo. Hablamos, pues, de una mirada manifiestamente marcada por el norteamericano-centrismo.  

Pero el dominio planetario (imperialismo) no viene de ahora. Se ha constituido a través del poder económico (dólar), militar (guerras, bases militares, golpes de estado, bloqueos) y cultural (medios de comunicación, Hollywood, industria musical, extensión urbi et orbi del american way of life), y ha existido siempre, tanto cuando gobierna un partido como el otro, los dos únicos que admite la clase dominante. 

Peck, que afirma que ha realizado su película con la intención de “desvelar la verdad y la mentira políticas y dar sentido y coherencia a la locura del mundo actual”, no explica las causas de lo que critica, contraviene todo enfoque dialéctico capaz de proporcionar consistencia al collage de acontecimientos crueles y deshumanos que reseña porque no enfoca la realidad en su totalidad. El despotismo, la opresión, la violencia, las ideologías autoritarias, aparecen en el filme no como producto del interés y el cálculo económico, de la explotación de la fuerza de trabajo humana y de las desiguales relaciones de clase, sino debidos a la acción de individualidades (personales o partidarias) malignas, desalmadas, diabólicas. Los desastres que muestra parecen, pues, debidos a causas (catástrofes) humanas sin explicación causal política-económica, guiadas exclusivamente por una voluntad patológica de poder.

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La razón hay que buscarla en que la tesis demostrativa del filme se sustenta en la hipótesis profética del escritor George Orwell, elegido por Peck como incuestionable vidente y guía espiritual de la actual situación histórica. Ni sus simplificadoras reflexiones filosóficas ni su alegoría sobre el determinismo de la condición humana, irremediablemente condenada a la relación amo-esclavo, ni sus proposiciones basadas en la acción individual y en el movimiento regenerador del alma (la salvación a través de la “decencia humana”) ni tampoco su trayectoria vital personal pueden legitimar que se le tome como centro significativo de referencia revelador-liberador del vigente proceso histórico, por muy parabólica (“Rebelión en la granja”) o augural (“1984”) que parezca su obra. 

Al respecto, hay que hacer constar que existen otras obras futuristas distópicas anteriores a “1984” de tanta o mayor repercusión simbólica, crítica y literaria que la de Orwell. En primer lugar, “Nosotros”, escrita en 1922 por el autor soviético Evgueni Zamyatin, con la que “1984”, publicada en 1949, tiene demasiadas y sospechables “coincidencias”. El historiador Isaac Deutscher en su ensayo sobre “1984” afirmó que Orwell “tomó prestada la idea de su novela, así como el argumento, los principales personajes, los símbolos y toda la situación argumental, de la obra ‘Nosotros’ de Zamyatin” (véase al respecto el libro de investigación histórica “La CIA y la guerra fría cultural” de Frances Stonor Saunders, Ed. Debate). Igualmente, obras literarias de indudable calidad y condición simbólico-distópica, como “El talón de hierro” (1908) de Jack London y “Un mundo feliz” (1932) de Aldous Huxley son antecedentes literarios del libro de Orwell, e, incluso, en el campo cinematográfico, la película de 1927 de Fritz Lang “Metrópolis”. 

Aún más, con relación al signo ideológico de Orwell y de su producción: tanto su obra distópica (“1984”) como la alegórica (“Rebelión en la granja”) “fueron desde el primer momento explotadas como representación literaria de la URSS… y utilizadas en la guerra política y psicológica durante la Guerra Fría… Para la CIA y el Consejo de Estrategia Psicológica eran libros de lectura obligada… La versión cinematográfica de “Rebelión en la granja” fue financiada y distribuida por la CIA… En cuanto a “1984”, fue subvencionada en 1956 por la CIA y promocionada como la más devastadora película anticomunista de todos los tiempos” (“La CIA y la guerra fría cultural”). 

Sobre la idiosincrasia del personaje, George Orwell, por iniciativa propia, entregó en 1949 al Departamento de Investigación de la Información británico (1) una lista en la que denunciaba a personas sospechosas de simpatía o pertenencia comunista. A los nombres les acompañaban comentarios propios como los siguientes: “liberal degenerado”, “muy antiblanco”, “muy antiamericano”, “tendencia a la homosexualidad”, “miembro clandestino del partido”, “judío inglés”, “negro, ¿de origen africano?, “homosexual”, etc. (del libro ya citado). Parece bastante claro que un personaje de estas características no reúne las condiciones idóneas para hacer de él un augur ni un líder espiritual, pero curiosamente de ninguna de las cuestiones a las que se acaba de hacer referencia se dice nada en la película sobre Orwell. 

El filme “Orwell: 2+2=5”, que se presenta como un documento objetivo, a la par que apasionado, de vocación humanista, se revela como una apología del espíritu individualista, excéntrico y tendencioso, representado por Orwell, y de la democracia liberal occidental. Propone como paradigma ético y filosófico la obra, la ontología y la vida de un personaje discutible y falto del sentido político necesarios para alumbrar una teoría del ser histórico. Se fija sólo en los efectos aparentes sin plantear en ningún caso las causas. Iguala todas las situaciones sin preocuparse de determinar su razón o sinrazón. Practica de manera flagrante el doble rasero a la hora de exponer (y enjuiciar) los hechos. Cae en la visión sesgada y sensacionalista, es decir, en la misma mistificación que critica. Él también ve cinco dedos donde hay cuatro.   

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Por todo ello no es en modo alguno casual que el acontecimiento histórico que merece más atención en la película de Peck y que se expone como el síntoma más grave y dramático del devenir político del siglo sea el asalto al Capitolio en enero de 2021. Precisamente porque hace de EEUU (el híper Imperio global) el faro de la Democracia y de la Libertad mundial, el único modelo ético aplicable y aceptable. 

Pero lo más escandaloso de la película es que, después de tanto trascender acerca de la verdad y la falsedad políticas, apenas dedique un par de imágenes, por demás insustanciales, desprovistas de efectos que puedan resultar molestos o riesgosos, dos fotografías prácticamente inocuas (o sea, apenas 20 segundos en una película de dos horas), para hacer referencia a la guerra de exterminio contra Gaza, y menos de tres segundos a una frase del primer ministro de Israel, acusado por la Corte Penal Internacional por crímenes contra la humanidad. O sea, que, teniendo ante sí, como nunca antes, un genocidio perpetrado en directo a plena luz del día, la masacre y destrucción de un pueblo por las bombas y la hambruna, Raoul Peck no sólo no hace de ello el eje central de su película orwelliana y la clave de su demostración, sino que ni siquiera lo menciona. Y no lo hace porque desdiciéndose de su arrogada misión de contar con rigor, entereza y verdad las tragedias del siglo, no tiene la honestidad y el valor de hacerlo.

Llega aún al colmo de la doblez, la falsedad y el cinismo cuando muestra el posible uso irregular e ilícito de la IA para detectar futuribles actos criminales, que atribuye en exclusiva a las autoridades chinas, cuando quienes realmente han hecho de la misma un continuado uso criminal y terrorista han sido los israelíes en Gaza, Cisjordania, Irán, Líbano, etc.   

Claudica, pues, ante la mayor infamia cometida después del lanzamiento de las bombas atómicas sobre la población civil de Japón. Así que, en su documental sobre la barbarie, la mentira y la impunidad políticas el director no se siente conmovido ni concernido por tamaña atrocidad y se suma, al encubrirla, a la acumulación de iniquidades que pretende denunciar. Se convierte, así, en un colaboracionista de la ocultación.

A todo esto, hay que añadir que, desde un punto de vista artístico, la película “Orwell” no está siquiera a la altura, ni en cuanto a la forma ni al contenido, de los telediarios, que, por lo menos, han dado cuenta ampliamente del horror sufrido por el pueblo palestino y de sus ejecutores. Al obviarlo en su supuesto filme de denuncia de la infamia política mundial, Raoul Peck se descalifica a sí mismo como cineasta. 

La inclusión de secuencias de películas con una función narrativa (aparte de las correspondientes a las basadas en las novelas de Orwell, “1984” y “Rebelión en la granja”, que sabemos que fueron promovidas y financiadas por la CIA, que absorben de manera predominante el filme), como las procedentes de filmes de Ken Loach, Sidney Pollack, Steven Spielberg o Terry Gilliam, no se articulan adecuadamente con el desarrollo y la unidad argumental, no cumplen un papel revelador en la progresión temática, son, por el contrario, vacuas y superfluas. 

Lo mismo cabe decir de la arbitraria aparición de determinados personajes, supuestamente relevantes desde el punto de vista discursivo-reflexivo, como Kundera o Michael Moore, con el fin de autentificar la validez de Orwell como gurú político y espiritual.

“Orwell: 2+2=5” es todo lo contrario de lo que pretende ser. Acobardada, capciosa y falaz, en lugar de arriesgada, crítica y veraz. La antítesis de lo que debe ser un documental político no incrustado en el colchón de la ideología dominante. No sirve para abrir los ojos, sino para taponar la mente; no para liberar, sino para uncir aún más al espectador al dictamen y al sentir oficial. No educa, sino que contribuye a perpetuar la ignorancia y la alienación. 

1) “El Departamento de Investigación de la Información (IRD) fue un departamento secreto de propaganda de la Guerra Fría del Ministerio de Asuntos Exteriores británico, creado para publicar propaganda anticomunista, incluida la propaganda negra, proporcionar apoyo e información a políticos, académicos y escritores anticomunistas, y utilizar información armada, pero también desinformación y «noticias falsas», para atacar no solo a sus objetivos originales sino también a ciertos socialistas y movimientos anticoloniales.

La existencia de la Lista de Orwell, también conocida como Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores FO/111/189, se conoció en 1996. Los nombres incluidos en la lista no se hicieron públicos hasta 2003. La lista llegó a manos del IRD en 1949, después de ser recopilada por la agente del IRD Celia Kirwan. Kirwan era una amiga íntima de Orwell, también era la cuñada de Arthur Koestler y la secretaria de su colega agente Robert Conquest. Guy Burgess trabajaba en la oficina contigua a la suya. La lista en sí estaba dividida en tres columnas encabezadas por «Nombre», «Trabajo» y «Observaciones», y se refería a los que figuraban como «FT», es decir, Compañeros de Viaje, y etiquetaba a las personas que creía sospechosas de ser marxistas secretos como «criptos». Entre los nombres que menciona Orwell se encuentran el cineasta Charlie Chaplin, el escritor J. B. Priestley, el actor Michael Redgrave, el historiador E. H. Carr, el editor del New Statesman Kingsley Martin, el corresponsal en Moscú del New York Times Walter Duranty, el historiador Isaac Deutscher, el diputado del Partido Laborista Tom Driberg y la novelista Naomi Mitchison, así como escritores y periodistas menos conocidos. Sólo una de las personas nombradas por Orwell, Peter Smollett, resultó ser un verdadero agente soviético. Peter Smollett, de quien Orwell afirmó que «daba la impresión de ser una especie de agente ruso. Una persona muy viscosa». Smollett había sido el jefe de la sección soviética del Ministerio de Información británico, cuando en realidad era un agente soviético que había sido reclutado por Kim Philby”. (Tomado de AcademiaLab)

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